Así como la Biblia nos dice: “Buscad las cosas de arriba” (Col 3:1), todos nuestros hermanos buscan las cosas de Dios por encima de las de este mundo. La fortaleza para superar las dificultades sin considerarlas como tales, para confiar solo en el Padre y para dedicarnos a la culminación del evangelio proviene de conocer el valor de la salvación y del reino de los cielos. Las cosas de este mundo son pasajeras y desaparecen. Pero la vida eterna y el reino de los cielos, obtenidos mediante la fe en Dios, duran para siempre. Es por eso que anhelamos las cosas de arriba, poniendo nuestro corazón en ellas.
Durante la Pascua, Jesús dio el pan a sus discípulos, diciendo: “Esto es mi cuerpo”, y al ofrecerles la copa, añadió: “Esto es mi sangre” (Mt 26:17-28). También enseñó a quienes comen su carne y beben su sangre la promesa de la vida eterna (Jn 6:53-57). Mediante estas palabras, hemos recibido la vida eterna. Solo quienes comen la carne y beben la sangre del Dios inmortal a través de la Pascua poseen vida y vivirán para siempre. Jesús nos enseñó a amar a Dios con todo nuestro corazón, alma y mente, y a amar al prójimo como a uno mismo. Él dijo: “Haz esto, y vivirás” (Lc 10:27-28), y luego contó la parábola del buen samaritano. Un hombre fue atacado por ladrones y quedó medio muerto. Un sacerdote lo vio y pasó de largo; un levita también lo vio y siguió su camino. Pero el buen samaritano tuvo compasión de él y le mostró misericordia. Mediante esta parábola, Jesús nos enseñó que amar a nuestro prójimo significa salvar a las almas moribundas, caídas en manos de ladrones. Y añadió: “Ve, y haz tú lo mismo” (Lc 10:37).
Todavía hay muchas personas en el mundo sin el sello de la Pascua del nuevo pacto, que no tienen vida. Hoy en día, la humanidad enfrenta desastres mortales: fenómenos meteorológicos extremos, terremotos, guerras, terrorismo, enfermedades, accidentes y otras calamidades que han venido como ladrón. La gente muere por doquier. Prediquémosles rápidamente la Pascua del nuevo pacto para salvarlos. ¿Acaso quienes tienen compasión de los moribundos no son hijos de Dios? No predicarles es como ver a alguien caído en manos de ladrones, agonizando, y simplemente pasar de largo. El buen samaritano, que salvó al moribundo, es una persona en busca de las cosas de arriba, las cosas del cielo.
La Biblia dice que nuestra vida es como “neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece” y que somos extranjeros y peregrinos sobre la tierra (Stg 4:14, 2 P 2:17, He 11:13-16). En nuestro verdadero hogar, el reino de los cielos, no habrá más tristeza ni preocupación, ni más muerte ni dolor (Ap 21:3-4). El Padre ha prometido que en el eterno reino de gloria, el reino de los cielos, reinaremos por los siglos de los siglos como sacerdotes reales (Ap 22:5). Él nos está preparando la herencia celestial, donde la tristeza y el lamento desaparecerán; un lugar tan hermoso, inimaginable mientras vivimos en esta tierra. Como dice la Biblia: “Antes bien, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Co 2:9).
Para entrar en el reino de los cielos, debemos encontrar a Cristo, el tesoro de la vida eterna (Col 1:26-27, 2:2-3, 1 Jn 2:25). Hemos hallado este tesoro. El Padre vino con un nombre nuevo, nos dio el fruto de la vida eterna y nos encomendó una misión: no ser los únicos salvos, sino ir a todas las naciones, enseñarles a obedecer todo lo que Él nos ha mandado y ser sus testigos en Samaria y hasta lo último de la tierra. Compartamos diligentemente este tesoro de la vida eterna con nuestro prójimo. Antes de la llegada de un desastre inaudito, mostrémosles rápidamente el camino a la vida (Ez 7:5-7, Is 24:1-5).
Muchos profetas comprendieron el valor de la salvación y creyeron en Dios con todo su corazón y devoción, y ahora están en el reino de los cielos. Moisés eligió ser maltratado junto con el pueblo de Dios en lugar de disfrutar de los placeres pasajeros del pecado. Consideraba que la humillación por causa de Cristo era de mayor valor frente a los tesoros de Egipto (He 11:24-26). El apóstol Pablo también comprendía el valor de la salvación; por ello, ni siquiera consideró su propia vida digna de ser preservada, al momento de predicar el evangelio (Hch 20:23-24). Estaba firmemente decidido a sembrar para las cosas de arriba. Aunque atravesó muchas dificultades, sabía que nuestras aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse (Ga 6:7-8, Ro 8:16-18). Si sembramos para las cosas del cielo, cosecharemos vida eterna, y cuando entremos en el eterno reino de los cielos, también cosecharemos gloria. Vivamos para las cosas de arriba y para la gloria que disfrutaremos en el cielo. Proclamemos con diligencia la Pascua del nuevo pacto, que da vida eterna, y el nombre del Padre Ahnsahnghong, y guiemos a muchas almas a la justicia. Espero que sus nombres resplandezcan para siempre en el cielo.