¡Padre Abraham!

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Todo ser humano que nace en este mundo ha de enfrentar la muerte tarde o temprano. Por mucho que nos esforcemos en la vida, la muerte llega sin que podamos evitarlo. Por esa razón, Dios declaró en la Biblia: “Yo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, y estás muerto”.

La humanidad resiste la muerte instintivamente, pero nadie puede escapar de ella por su propia fuerza. Ante esta situación, nuestro Padre celestial vino al mundo con la verdad que nos salva de la muerte. Por su gracia de salvación, abrió el camino para que podamos recibir la vida eterna. En el reino de los cielos ya no hay muerte, llanto, clamor ni dolor. Ustedes son bienaventurados porque entrarán en ese lugar y disfrutarán de la vida eterna y la felicidad. Dios nos ha concedido su carne y su sangre incorruptibles por medio de la Pascua, para que vivamos para siempre en el cielo. Agradezcamos a Dios siempre por su gracia.

En la Biblia, hay un relato de un hombre rico que murió por no escuchar la palabra de Dios y un mendigo que vivió por tener fe en Dios. Aunque ambos murieron, sus resultados fueron completamente diferentes. Uno fue consolado en el seno de Abraham, mientras que el otro fue atormentado en el fuego, lleno de arrepentimiento. El mendigo, aunque era pobre en esta vida, recordaba y guardaba las ordenanzas de Dios. Pero el hombre rico solo buscó riqueza y comodidad durante su vida temporal en esta tierra. Despreció la palabra de Dios y, al final, enfrentó un trágico resultado. El infierno es descrito como un lugar de tormento tan grande, que cualquiera rogaría por una gota de agua en la punta del dedo para refrescar su lengua. Esto nos muestra qué aterrador es ese lugar (Lc 16:19-26). Por lo tanto, mientras vivamos como extranjeros y peregrinos en esta tierra, debemos vivir con temor reverente a Dios y guardar su palabra, preparándonos para el reino de los cielos (1 P 1:17).

Dios nos advierte fervientemente que no vayamos al infierno. Él nos pide que despertemos, que nos preparemos para el cielo y que anunciemos el evangelio para que nuestro prójimo también pueda entrar en el reino celestial. Como está escrito: “¿Qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?” (Mt 16:26). Dios también nos enseña acerca de nuestra responsabilidad. Si no hablamos ni advertimos a los demás, se nos pedirá cuenta de su muerte. Pero si les advertimos y ellos no escuchan, no somos responsables (Ez 3:17-19). Compartir lo bueno es amor. Ya sea en asuntos físicos o espirituales, compartir es la forma en que debemos vivir. Sobre todo, salvar un alma que está pereciendo es el mayor acto de bondad. Por lo tanto, compartamos diligentemente la esperanza en el cielo con aquellos que viven sin esperanza (Lc 10:25-37).

Por su gran compasión, Dios no se apartó del sufrimiento de la cruz, sino que dio su misma vida para salvarnos. En un mundo donde la verdad había desaparecido, vino una vez más en la carne con un nombre nuevo, Ahnsahnghong, y restauró la Pascua del nuevo pacto que se había perdido y nos guio a la salvación. Incluso mientras soportaba dificultades —como la falta de comida y ropa, y predicando solo—, nunca perdió la sonrisa; su única alegría era salvar a sus hijos. A través de su sacrificio y amor, guio a los pecadores al arrepentimiento (Mr 1:35-38, Ap 3:15-16).

Aquellos que participan en el evangelio y sufren dificultades en esta tierra recibirán gloria en el reino de los cielos (Lc 22:27-30, Dn 12:1-3). En la parábola de las minas, aquellos que se esforzaron por salvar incluso un alma más ganaron diez o cinco minas. Pero el que escondió su mina representa a una persona que solo busca su propia salvación y carece de amor (Lc 19:15-27). Los que caminan con Dios en el evangelio entrarán en la vida eterna; pero los que rechazan el evangelio y se oponen a él irán el castigo eterno (Mt 25:31-46). La palabra de Dios es vida. Él ve todas las cosas y pagará a cada uno según sean sus obras (Ap 20:11-15). Por lo tanto, en cualquier circunstancia, guardemos los mandamientos de Dios y recibamos las bendiciones preparadas para nosotros en el reino de los cielos.

Siéntanse orgullosos de ser hijos de Dios y vivan con valentía y audacia. Guiemos fervientemente a las almas que sufren al arrepentimiento. Se acerca el día del desastre, que arderá como un horno, sin dejar ni raíz ni rama. En ese día, aquellos que honren el nombre de Dios serán protegidos. En la época del Espíritu Santo, aquellos que alaban y oran en el nombre de Cristo Ahnsahnghong serán librados de toda calamidad (Mal 4:1-3). Esta es una preciosa promesa de Dios. No nos lo guardemos para nosotros mismos, sino compartámoslo con nuestros vecinos, familiares y amigos y con todas las personas que conozcamos. Esforcémonos con todo nuestro corazón para entrar en el reino de los cielos, donde la gloria permanece para siempre. Y guiemos a muchas almas a ese hermoso lugar. Deseo que se conviertan en hijos de Sion que brillen para siempre en el reino de los cielos.