Una vida de oración

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Al comenzar un nuevo año, muchos de nosotros nos tomamos un tiempo para reflexionar y hacer resoluciones. Podríamos pensar: “Deseo rectificar los aspectos de mi vida que no estuvieron alineados con la voluntad de Dios el año pasado, renovar mi fe y recibir abundantes bendiciones este año”. Pero también sabemos por experiencia que, aunque hagamos nuestro mayor esfuerzo, las cosas no siempre salen como esperamos. Por esta razón, Dios nos enseña a orar a Él, el único que puede darnos todo y cumplirlo todo. Este año, mientras nos dedicamos fervientemente a la obra del evangelio, dediquémonos también de todo corazón a la oración. Si pedimos sabiamente, como lo hizo Salomón, nuestro Padre nos dará mucho más de lo que pidamos.

La Biblia enseña que es la voluntad de Dios que oremos sin cesar, y que solo los que vivan según su voluntad pueden entrar en el reino de los cielos (1 Ts 5:16-18, Mt 7:21). Cuando vemos a los hermanos cansados en la obra del evangelio, a menudo tratan de encontrar soluciones buscando nuevos métodos o buscando consejo de quienes los rodean. Sin embargo, Dios nos recuerda que todas las cosas se logran a través de la oración. Cada vez que oramos a nuestro Padre en momentos de dificultad, Él nos concede sabiduría y vienen resultados alegres. Por el contrario, cuando pensamos: “Puedo manejar esto por mi cuenta” y trabajamos sin orar, las cosas a menudo no salen bien y la alegría que una vez tuvimos comienza a desvanecerse.

Cuando oramos a Dios continuamente, Él nos permite llevar a cabo la obra del evangelio con gozo. Desarrollemos el hábito de orar en todo momento, incluso cuando las cosas no salen según lo planeado, cuando la unidad es difícil, cuando no llevamos frutos o cuando nuestro cuerpo está cansado. Dios nos prometió: “Pedid y se os dará”, y también nos aseguró: “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?” (Mt 7:7-11).

Nuestro Padre, Cristo Ahnsahnghong, es Dios, el Creador del cielo y de la tierra. Cuando tenemos sed, Él nos da agua. Cuando tenemos hambre, Él nos proporciona comida. Cuando estamos enfermos, Él nos concede salud. Dado que Él es Dios Todopoderoso, no hay nada que no pueda darnos. Lo que pedimos es pequeño a los ojos de Dios, y Él es capaz de darnos mucho más y en abundancia. Sin embargo, cuando no seguimos su voluntad, no podemos recibir nada. Algunos no reciben porque dudan. Otros lo reciben después. Pero aquellos que piden con fe firme, creyendo de todo corazón, sin falta recibirán.

Jesús dijo a sus discípulos: “Este género con nada puede salir, sino con oración y ayuno” (Mr 9:28-29). También les instó: “Orad para que no entréis en tentación”. Cuando enfrentamos tentación, nos inclinamos a seguir nuestra propia voluntad en lugar de la palabra de Dios, y esto nos lleva al pecado. Para protegernos de esto, Jesús nos enseñó a orar y nos dio personalmente un ejemplo mediante la oración ferviente (Mt 26:41, Lc 22:40-42). Aunque todo en el cielo y en la tierra le pertenece y no necesita orar, Dios oró fervientemente para darnos ejemplo a nosotros, los pecadores que sí necesitamos de la oración.

La oración no requiere una postura especial o un lugar en particular. Podemos orar en silencio, en voz alta y en cualquier circunstancia. La oración es una conversación con Dios. Es natural que disfrutemos hablar con las personas que amamos. Como familia de Dios, amamos a nuestro Dios, Cristo Ahnsahnghong, por encima de todo. ¿Qué mayor alegría podría haber que conversar con nuestro Padre, que nos salvó y nos guía al reino de los cielos, donde no hay dolor ni tristeza?

Continuemos haciendo la obra del evangelio, con la fe firme de que solo Dios es quien nos concede las bendiciones del cielo. Cuando nos falte sabiduría, Dios nos dice que le pidamos sin dudar. También nos advierte que, si pedimos con el corazón dividido, pensando: “Si Él da, está bien; si no da, también está bien”, no debemos esperar recibir nada (Stg 1:5-8). Sin la mínima duda, pidamos a Dios todo lo que necesitamos, ya que Él siempre nos da aquello que es verdaderamente provechoso para nosotros.

Cuando no conversamos con Dios, naturalmente comenzamos a buscar conversaciones en otro lugar. Si prestamos oído a quienes se quejan de Dios, esos pensamientos pueden arraigarse en nuestro corazón sin que nos demos cuenta. Así como la fe es por el oír, escuchar palabras malvadas conduce a la maldad, mientras que escuchar palabras de gracia conduce a la gracia. Sin embargo, cuando conversamos mediante la oración con Dios, quien es la fuente de todas las bendiciones, solo recibimos cosas buenas. Las cosas no se cumplen porque no las pedimos. Cuando oramos fervientemente a nuestro Padre, Él lo cumple todo (Stg 4:2, Lc 18:1-8). Oro sinceramente para que todos los miembros de la familia de Sion obedezcan la palabra de Dios, oren sin cesar, lleven abundantes y buenos frutos y reciban muchas bendiciones.